CONTEXTO DE JESÚS
Tomado de: http://www.elsentidobuscaalhombre.com/v_portal/informacion/informacionver.asp?cod=655&te=321&idage=1113&vap=0
En la Palestina del tiempo de Jesús, al igual que en casi todas las sociedades actuales conocidas, existía una marginalidad estructural, es decir, un colectivo de personas a las que los propios mecanismos de la institucionalización social vigente excluían de la vida comunitaria. Estos mecanismos eran fundamentalmente de dos tipos distintos, aunque en muchos casos aparezcan ambos profundamente interconectados. El primero era económico, el segundo religioso.
La urbanización de la región iniciada por Herodes el Grande, la sustitución de formas tradicionales de intercambio por transacciones mercantiles, el uso de la moneda y la nueva ideología económica de las clases dirigentes produjeron un deterioro creciente en las condiciones de vida del pequeño campesino independiente. Estas condiciones conducían a un número cada vez mayor de familias al endeudamiento y a la venta de sus propiedades. Los campesinos sin tierra solían sobrevivir un periodo corto de tiempo como obreros no especializados o jornaleros del campo para terminar, casi siempre, cayendo en la indigencia. De ahí pasaban a engrosar el número de mendigos, prostitutas, salteadores y guerrilleros.
El control político que directa o indirectamente ejercían los romanos sobre la región favoreció otra forma de marginalidad mediatizada, en este caso, por un mecanismo religioso de exclusión. Todas aquellas personas que por trabajar al servicio de las instituciones romanas o tratar frecuentemente con extranjeros habían asimilado costumbres paganas, eran considerados pecadores, impuros o israelitas renegados. Como tales, se les consideraba excluidos de la comunidad religiosa de Israel y del culto en el Templo. Evidentemente, cuanto mayor era el rechazo moral que experimentaban por parte de sus correligionarios, más fuerte era su tendencia a buscar apoyos y amistades entre los extranjeros, lo cual reforzaba a su vez los motivos del rechazo.
Entre este tipo de marginados se encontraban algunas clases de recaudadores de impuestos, especialmente aquellos que operaban en las fronteras, ya que trataban casi a diario con comerciantes y soldados no judíos. Como veremos en el próximo tema, Jesús buscó entre ellos amigos con quienes compartir mesa y colaboradores cercanos, lo cual le valió en más de una ocasión el reproche de los judíos piadosos.
Entre este tipo de marginados se encontraban algunas clases de recaudadores de impuestos, especialmente aquellos que operaban en las fronteras, ya que trataban casi a diario con comerciantes y soldados no judíos. Como veremos en el próximo tema, Jesús buscó entre ellos amigos con quienes compartir mesa y colaboradores cercanos, lo cual le valió en más de una ocasión el reproche de los judíos piadosos.
Jesús y las normas rituales
Como cualquier religión mínimamente institucionalizada, el Judaísmo del tiempo de Jesús tenía su sistema de ritos que especificaba las formas en las que la comunidad israelita se relacionaba de forma colectiva y unitaria con Dios. Las normas rituales, que en un sentido primarios se refieren directamente a la práctica del culto, suelen desarrollarse en un conjunto más amplio de regulaciones por medio de las cuales se pretende preparar a las personas para su participación correcta en dicho culto. Las exigencias de esta preparación pueden extenderse de forma casi indefinida y llegar a abarcar todos los aspectos de la vida. Esto es lo que suele ocurrir en casi todas aquellas religiones que han asumido la función social de distinguir a un cierto grupo humano, el de sus fieles, del resto de la población. En todos estos casos, las normas que los fieles deben guardar con el fin de poder dar culto a Dios dificultan las relaciones sociales e interpersonales con personas externas al grupo.
Típicamente suelen afectar a la relación de comensalidad y a las posibilidades de contraer matrimonio, los dos ámbitos de relación humana en los que más directamente se compromete la vida (alimentarse y reproducirse). Pero también imponen ciertas pautas regulares de comportamiento que sirven para inculcar y reafirmar en los individuos su identidad religiosa y marcar su diferencia frente a quienes no la comparten.
En el Judaísmo del tiempo de Jesús este tipo de prácticas conectadas con el culto y la identidad nacional son: la circuncisión, por la que se marca a todos los niños varones a los ocho días de su nacimiento, el descanso sabático y un amplio grupo de normas conocidas con el nombre de normas de pureza, porque prohiben el acceso al culto de las personas afectadas por los distintos tipos de impureza (ver Tema 2, 8.2) y prescriben los procesos de purificación adecuados para eliminarla.
La circuncisión, el precepto sabático y la normativa alimentaria eran prácticas que tenían un efecto segregador muy importante en aquellos lugares donde los judíos no constituían la mayoría de la población; por ejemplo, las grandes ciudades helenísticas del Imperio. En estos contextos servían para marcar y distinguir a los judíos de los demás, por lo que renunciar a practicarlas equivalía a despreciar o avergonzarse de los propios orígenes y rechazar la propia religión.
En el interior de Palestina, donde la mayoría de los habitantes eran judíos, las normas de pureza más relevantes eran las que servían para señalar las distintas categorías sociales y para discriminar a ciertos sectores de la población. Puesto que la mayoría de las impurezas se transmitían por contacto, quienes quisieran mantenerse puros debían evitar el trato con aquellas personas que por sus características, estado de salud o modo de vida eran identificables como impuras o como susceptibles de contraer impurezas.
Evidentemente, los más interesados en mantenerse puros eran los sacerdotes de Jerusalén, especialmente, las familias de los sumos sacerdotes, que como ya sabemos constituían, también, la clase gobernante local. En un segundo lugar estarían todos aquellos israelitas piadosos que vivían en el entorno de la ciudad santa y valoraban mucho poder asistir con frecuencia al culto en el Templo. La jerarquía religiosa y la masa de gente piadosa eran, por tanto, las que más evitaban los contactos con los sectores discriminados por su impureza. Estos sectores estaban formados, sobre todo, por enfermos, minusválidos, leprosos, endemoniados... así como por personas que se relacionaban frecuentemente con extranjeros, que habían asimilado costumbres paganas o que, simplemente, no se preocupaban de practicar las normas de pureza judías.
En el Judaísmo del tiempo de Jesús este tipo de prácticas conectadas con el culto y la identidad nacional son: la circuncisión, por la que se marca a todos los niños varones a los ocho días de su nacimiento, el descanso sabático y un amplio grupo de normas conocidas con el nombre de normas de pureza, porque prohiben el acceso al culto de las personas afectadas por los distintos tipos de impureza (ver Tema 2, 8.2) y prescriben los procesos de purificación adecuados para eliminarla.
La circuncisión, el precepto sabático y la normativa alimentaria eran prácticas que tenían un efecto segregador muy importante en aquellos lugares donde los judíos no constituían la mayoría de la población; por ejemplo, las grandes ciudades helenísticas del Imperio. En estos contextos servían para marcar y distinguir a los judíos de los demás, por lo que renunciar a practicarlas equivalía a despreciar o avergonzarse de los propios orígenes y rechazar la propia religión.
En el interior de Palestina, donde la mayoría de los habitantes eran judíos, las normas de pureza más relevantes eran las que servían para señalar las distintas categorías sociales y para discriminar a ciertos sectores de la población. Puesto que la mayoría de las impurezas se transmitían por contacto, quienes quisieran mantenerse puros debían evitar el trato con aquellas personas que por sus características, estado de salud o modo de vida eran identificables como impuras o como susceptibles de contraer impurezas.
Evidentemente, los más interesados en mantenerse puros eran los sacerdotes de Jerusalén, especialmente, las familias de los sumos sacerdotes, que como ya sabemos constituían, también, la clase gobernante local. En un segundo lugar estarían todos aquellos israelitas piadosos que vivían en el entorno de la ciudad santa y valoraban mucho poder asistir con frecuencia al culto en el Templo. La jerarquía religiosa y la masa de gente piadosa eran, por tanto, las que más evitaban los contactos con los sectores discriminados por su impureza. Estos sectores estaban formados, sobre todo, por enfermos, minusválidos, leprosos, endemoniados... así como por personas que se relacionaban frecuentemente con extranjeros, que habían asimilado costumbres paganas o que, simplemente, no se preocupaban de practicar las normas de pureza judías.
Aunque, en principio, la impureza no equivale al pecado, el rechazo de estos sectores marginados por parte del resto de la sociedad iba normalmente aparejado a una condena moral. Las razones de la condena eran varias. Por una parte, estaba bastante extendida la creencia de que ciertas enfermedades y minusvalías eran castigos divinos motivados por los pecados pasados de quienes las padecían. Por otra, a pesar de que la impureza no era, ella misma, un pecado, sí lo era participar en el culto sin haberse purificado; y, más todavía, no preocuparse del propio estado de impureza por haber ya renunciado a participar en el culto. Esto último equivalía a situarse fuera de la comunidad religiosa de Israel, es decir, a rechazar la propia identidad judía.
Uno de los rasgos más característicos de la conducta y la enseñanza ética de Jesús es su negativa a practicar cualquier norma de pureza que tenga como efecto discriminar o rechazar a determinadas personas. En todos estos casos, Jesús viola abiertamente las prohibiciones, asume con tranquilidad las impurezas que supuestamente habría contraído a causa de los contacto y no se preocupa en absoluto por purificarse. Así, vemos que come con gente impura y pecadora (Mc 2, 15-17), expulsa demonios (Mc 1, 21-28; 5, 1-20), cura enfermos cuya enfermedad se atribuye al pecado (Mc 2, 1-12), toca a un leproso (Mc 1, 40-45), se aloja en casa de otro (Mc 14, 3), acepta el contacto con una pecadora (Lc 7, 35-50) y aprueba que una mujer impura se acerque intencionadamente a él para tocarle (Mc 5, 25-34).
Respecto a la práctica del descanso sabático no se puede afirmar que Jesús la rechazara o la despreciara abiertamente; pero sí parece que la subordinó siempre a cualquier tipo de acción en favor de una persona necesitada.
Como conclusión se puede decir que la ética de Jesús rechaza la posibilidad de que un deber cultual hacia Dios pueda exigir o tener como consecuencia la marginación de determinados tipos de personas. Es más, la ayuda, urgente o no, al necesitado tiene prioridad sobre los deberes rituales.
Uno de los rasgos más característicos de la conducta y la enseñanza ética de Jesús es su negativa a practicar cualquier norma de pureza que tenga como efecto discriminar o rechazar a determinadas personas. En todos estos casos, Jesús viola abiertamente las prohibiciones, asume con tranquilidad las impurezas que supuestamente habría contraído a causa de los contacto y no se preocupa en absoluto por purificarse. Así, vemos que come con gente impura y pecadora (Mc 2, 15-17), expulsa demonios (Mc 1, 21-28; 5, 1-20), cura enfermos cuya enfermedad se atribuye al pecado (Mc 2, 1-12), toca a un leproso (Mc 1, 40-45), se aloja en casa de otro (Mc 14, 3), acepta el contacto con una pecadora (Lc 7, 35-50) y aprueba que una mujer impura se acerque intencionadamente a él para tocarle (Mc 5, 25-34).
Respecto a la práctica del descanso sabático no se puede afirmar que Jesús la rechazara o la despreciara abiertamente; pero sí parece que la subordinó siempre a cualquier tipo de acción en favor de una persona necesitada.
Como conclusión se puede decir que la ética de Jesús rechaza la posibilidad de que un deber cultual hacia Dios pueda exigir o tener como consecuencia la marginación de determinados tipos de personas. Es más, la ayuda, urgente o no, al necesitado tiene prioridad sobre los deberes rituales.
Carácter social y dimensión religiosa del anuncio de Jesús
La llegada de la soberanía de Dios no es sólo una solución puntual a una situación política coyuntural, sino que afecta a sus causas profundas. Por eso, el anuncio de la llegada del reinado de Dios contiene la propuesta de unos valores alternativos.
Con su predicación sobre el reinado de Dios y con su actuación Jesús cuestionó los valores vigentes en aquella sociedad. En un trabajo titulado "El Dios de Jesús y la realidad social de su pueblo" Rafael Aguirre ha identificado certeramente algunos de estos valores centrales que fueron fuertemente cuestionados por Jesús. Más arriba nos hemos referido ya a dos de ellos, Dios y la familia, y hemos hecho notar que la imagen paterna de Dios que Jesús predica y vive no es la de los sabios y entendidos, sino el Dios de la gente sencilla, que acoge a todos sin distinción; Dios es como un padre terreno, pero lo que le distingue no es el ejercicio de la autoridad patriarcal, sino el perdón y la misericordia. En una sociedad teocrática como la de entonces la imagen de Dios servía para legitimar un tipo concreto de sociedad, y Jesús, al presentar esta nueva imagen de Dios, está poniendo las bases de una nueva sociedad basada en unos valores diferentes.
Esto es precisamente lo que advertimos en los textos que cuestionan el honor, que era el valor central de aquella cultura, y las riquezas y el poder, que solían estar asociadas a él. El honor puede definirse como el reconocimiento público de la valía reivindicada por un individuo o un grupo. La constante preocupación por el honor hace que los individuos se perciban a sí mismos a través de los ojos de los demás y que la opinión de los demás y la fama sean cuestiones muy importantes. Las riquezas y el poder eran algunos de los elementos vinculados al honor de una persona, pues éste se exhibía a través de la ostentación de las riquezas y el ejercicio del poder.
La llegada de la soberanía de Dios cuestiona el honor y establece otras bases para regular la relación entre las personas. Por eso Jesús critica a los que se pasean por las plazas para ser saludados con reverencia, o buscan los primeros puestos en los banquetes (Mc 12,38-39; Lc 14,7-24).
También se relaciona con publicanos, prostitutas y pecadores, que eran gente sin honor (Mc 2,15-17; Lc 15,1-2). En consonancia con esta actitud, sus críticas contra la riqueza y el poder son muy severas. La riqueza es el principal obstáculo para entrar en el reinado de Dios (Mc 10,23), y por eso es necesario elegir entre ella y Dios (Q 16,13). El poder, por su parte, es un instrumento de dominio que anula a las personas, y sus discípulos deben renunciar a ejercerlo (Mc 10,42-45). En lugar del honor Jesús propone, como valor central, la persona, pero no en lo que vale delante de los hombres, sino en lo que vale delante de Dios; en lugar de las riquezas propone la solidaridad; y en lugar del dominio propone el servicio.
Esto es precisamente lo que advertimos en los textos que cuestionan el honor, que era el valor central de aquella cultura, y las riquezas y el poder, que solían estar asociadas a él. El honor puede definirse como el reconocimiento público de la valía reivindicada por un individuo o un grupo. La constante preocupación por el honor hace que los individuos se perciban a sí mismos a través de los ojos de los demás y que la opinión de los demás y la fama sean cuestiones muy importantes. Las riquezas y el poder eran algunos de los elementos vinculados al honor de una persona, pues éste se exhibía a través de la ostentación de las riquezas y el ejercicio del poder.
La llegada de la soberanía de Dios cuestiona el honor y establece otras bases para regular la relación entre las personas. Por eso Jesús critica a los que se pasean por las plazas para ser saludados con reverencia, o buscan los primeros puestos en los banquetes (Mc 12,38-39; Lc 14,7-24).
También se relaciona con publicanos, prostitutas y pecadores, que eran gente sin honor (Mc 2,15-17; Lc 15,1-2). En consonancia con esta actitud, sus críticas contra la riqueza y el poder son muy severas. La riqueza es el principal obstáculo para entrar en el reinado de Dios (Mc 10,23), y por eso es necesario elegir entre ella y Dios (Q 16,13). El poder, por su parte, es un instrumento de dominio que anula a las personas, y sus discípulos deben renunciar a ejercerlo (Mc 10,42-45). En lugar del honor Jesús propone, como valor central, la persona, pero no en lo que vale delante de los hombres, sino en lo que vale delante de Dios; en lugar de las riquezas propone la solidaridad; y en lugar del dominio propone el servicio.
El anuncio del reinado de Dios conlleva, por tanto, la propuesta de una alternativa social. Sin embargo, este no es todavía su nivel más profundo. Detrás de esta situación social hay una realidad que el hombre no controla. Su raíz más profunda no son las estructuras sociales y los valores dominantes, sino la acción de Satanás. Este es un aspecto que a nosotros nos resulta extraño, pero que está muy presente en las tradiciones más antiguas sobre Jesús . Los exorcismos y las polémicas que suscitaron dan testimonio de la importancia de esta actividad, que Jesús relaciona con la llegada de la soberanía de Dios. Esta soberanía sustituirá a la soberanía de Satanás, después de haberlo vencido. Jesús utiliza aquí un esquema apocalíptico pero, a diferencia de la apocalíptica tradicional, no sitúa el comienzo de la soberanía de Dios en un mundo nuevo que vendrá cuando éste desaparezca, sino en este mundo. La buena noticia es que Dios ha comenzado a implantar ya su soberanía en este mundo, y el signo de que esto es así es su victoria contra Satanás.
La llegada del reinado de Dios es, por tanto, una respuesta a la situación que vivió Jesús a tres niveles. En primer lugar responde a una situación coyuntural de desamparo de los pobres, debido a la actitud de los gobernantes y terratenientes de Galilea. En segundo lugar responde a una realidad estructural, basada en unos valores culturales, que Jesús critica abiertamente. Y en tercer lugar responde al hecho radical del dominio de Satanás, que es suplantado por la soberanía de Dios. Esta triple respuesta del reinado de Dios anunciado y vivido por Jesús explica que su mensaje siga siendo significativo en otras situaciones históricas y en otros contextos culturales.
La llegada del reinado de Dios es, por tanto, una respuesta a la situación que vivió Jesús a tres niveles. En primer lugar responde a una situación coyuntural de desamparo de los pobres, debido a la actitud de los gobernantes y terratenientes de Galilea. En segundo lugar responde a una realidad estructural, basada en unos valores culturales, que Jesús critica abiertamente. Y en tercer lugar responde al hecho radical del dominio de Satanás, que es suplantado por la soberanía de Dios. Esta triple respuesta del reinado de Dios anunciado y vivido por Jesús explica que su mensaje siga siendo significativo en otras situaciones históricas y en otros contextos culturales.
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